Se trata de una receta natural y sana, que sin embargo puede resultar bastante contundente."

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Mi familia siempre ha sido bastante tradicional para esto de las comidas y, salvo aquellas gloriosas etapas en las que contábamos con cocineras como Amelia, que introdujo algunos platos innovadores, como la pizza y alguna que otra exquisitez italiana, el menú diario era bastante escaso de ideas. El almuerzo diario no sé muy bien en qué consistía, porque yo era de los que comían en el colegio, sin embargo, la cena, era siempre la misma: hervido de judías verdes con cebolla y patata como primer plato y merluza a la romana como segundo. De postre siempre había alguna pieza de fruta: pera, que muy pronto aprendí a odiar.
En cuanto al fin de semana, todos los domingos del año comíamos paella dizque valenciana de primer plato y pollo de segundo. En verano, la paella la hacía mi padre en el paellero que mandó construir de granito en el jardín del chalé, y si bien no era muy cierto que la hiciera él, porque lo único que hacía era echar el arroz y controlar un poquito el fuego, lo que sí es totalmente verídico es que aquel fuego de leña de naranjo le confería un sabor especial; nada que ver con la del invierno.
Pues bien, el pollo era absolutamente inalterable ya fuera invierno o verano. Se trataba de un guiso encebollado de color blancuzco y sabor bastante indeterminado, pero se dejaba comer, y ese encebollado es el que a mí me parce sublime a la hora de preparar un guiso de pollo. El animal procedía de corrales industriales, o en otras palabras, del mercado de El Carmen y, naturalmente, no creo que hubieran sido alimentados con nada ecológico, aunque dadas las circunstancias, tampoco imagino que comieran las mismas porquerías que comen en la actualidad. Eso supuso con el transcurrir de los años, que cuando me han servido un pollo de corral, de esos que comen trigo, maíz y otras delicatessen, me haya parecido muy duro, demasiado fuerte y, en fin, que lamentablemente no estaba acostumbrado a este tipo de maravilla culinaria. Tampoco sé muy bien por qué hay partes del pollo a las que adoro, como los jamoncitos, las alas y… el culito, sí, ese lugar donde crecen las plumas del rabito y debajo anda el aparato excretor del animal. Y otras, que por el contrario, me resultan secas e insípidas, como la pechuga.
Con estas premisas, es fácil adivinar la razón por la que presento esta receta, y es que, así como las alitas son una pieza de inigualable exquisitez sencillamente fritas al ajillo o rebozadas, los jamoncitos admiten el encebollado y la salsa que veremos a continuación.
12 jamoncitos de pollo ecológico (o 4 muslos y contramuslos)
1/3 de l. de cerveza
1 cebolla
4 dientes de ajo
Un buen chorro de nata montada en spray
1 cucharada sopera de curry
Un chorrito de salsa de soja
Pimentón de La Vera (mezcla dulce y picante)
Una cucharadita de perejil picado
Aceite de oliva virgen extra
Sal
En primer lugar, pondremos dos ajitos picados junto con el perejil en una sartén con aceite de oliva virgen extra, y a continuación, freiremos los jamoncitos, una vez limpios y desplumados de los posibles cañones que pudieran aparecer, aunque lo cierto es que suelen venderlos perfectamente desplumados. El soplete de cocina es el instrumento ideal para llevar a cabo esta acción (y hay quien dice que este trasto sólo sirve para quemar el azúcar de la crema catalana).
Aparte, en una sartén con un chorrito de aceite de oliva virgen, pochamos la cebolla picada, aunque no es preciso que quede demasiado menuda, los ajos en rodajas y añadimos en frío la sal y el curry. Cuando comience a caer, añadimos la salsa de soja y el pimentón, y le damos vuelta para que se mezclen bien los sabores. Dejamos a fuego lento un par de minutos y añadimos la cerveza, aumentando la intensidad del fuego para que entre en ebullición, y tan pronto como lo haga, volvemos a fuego medio-lento para que reduzca. Cuando veamos que va tomando cuerpo, añadimos la nata y dejamos que dé un hervor antes de introducir los jamoncitos, y dejamos que termine de hacerse a fuego lento durante unos diez minutos.
El hecho de usar nata en spray es porque resulta extremadamente cómoda y además, le va a conferir un gusto dulce que va a combinar a la perfección con el picantón del curry y del pimentón.
Si lo acompañamos de unas patatas crujientes, tendremos un combinado ideal, y si queremos añadir a la fritura de los jamoncitos unas lonchas de panceta o bacon, tampoco habremos hecho ninguna tontería.
Serviremos en un plato llano, en primer lugar la salsa con la cebolla, encima los jamoncitos, Si hemos frito patatas las serviremos a un lado y decoramos con un poco de perejil espolvoreado y un toquecito de curry. También podemos hacer unos flanes de arroz blanco, o unos tallarines.
Publicado el 2010-01-17
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